"Sólo hay dos maneras de vivir tu vida:
Una es como si nada fuera un milagro.
La otra es como si todo fuera un milagro."
Albert Einstein
Lo prestado
Eran esos días, todos los habíamos comenzado a escuchar durante las tardes y el anochecer. Los escuchábamos, sabíamos que allí estaban, no los podíamos ver, pero de a poco se comenzaban a hacer notar. Como era la costumbre, año tras año, ellos se hacían oír, sentir, quizás para algunos hasta ver. Antes de llegar el día pactado con mis abuelos, con los abuelos de mis abuelos quizás con los abuelos de los abuelos de mi abuelo, se los percibía.
La humedad, por esas fechas, comenzaba a apoderarse “del todo”, aquel espacio vacío que había entre una persona y la otra, el que nos permitía movernos con libertad, se comenzaba a llenar de materia. Esa materia semisólida, densa, por momentos pastosa. Al comienzo la percibíamos como una acentuación del frio pero después se comenzaba a tornar algo más tangible, más presente, hasta que esas partículas invisibles se cargaban de un líquido suspendido en el aire y cuando los meses se hacían más cálidos, se declaraba la humedad. Esos espacios que virtualmente nos separaban de las cosas se hacían reales y se ocupaban, nos sentíamos más pegados, más cerca, más amontonados y de alguna manera, más incomodos.
Era un signo de que ya estaban por aquí, de que vendrían. Con mi hermana nos habíamos dado cuenta que acompañando a esa condensación de la materia que era la humedad, los pimpollos de los azares se ponían turgentes y las chauchas de las maravillas del jardín explotaban si uno las tocaba, derramando sus pegajosas semillas. Semillas que se pegaban y se esparcían por el viento como si hubiesen estado sostenidas a presión en sus verdes vainas. Era como si la primavera estuviera ahí, presente, esperando centígrado a centígrado para explotar, salir, florecer, madurar, mostrarse pornográfica, llenarse de hormigas y de abejas. Pero en realidad la primavera llegaría cuando lleguen ellos y entonces sí, aquel lugar húmedo y tropical tendría sentido.
Recuerdo que un mes antes, mamá y la tía se comenzaban a preparar para el retiro, ir de la ciudad al campo, a la casa (como le decían). Las pastillas para los mosquitos, las cremas por si nos picaba algo, el protector solar, los bolsones de harina, de azúcar, la sal, los alimentos en lata, las llaves de los lugares que durante casi un año habían estado cerrados comenzaban a aparecer, el té en hebras, los kilos de yerba, los abanicos, los batones y los pareos, las bermudas, las mallas y las remeras. Cosas que había que llevar, mientras que papá y el tío comenzaban a buscar las escopetas, los cartuchos, las cañas, las redes, las tanzas, los riles y las cajas de lata con clavos y martillos. Todas esas cosas tenían un olor extraño que nunca más volví a sentir, algo similar al agua podrida pero más soportable. Los días en lo que nos íbamos por lo general ya habían terminado las clases. Todos nos ubicábamos en los autos, me acuerdo del Renault azul y el último paso para navegar por las rutas era llenar el tanque de nafta y un bidón rojo con el mismo combustible, que aromatizaba el inicio de las vacaciones en el interior de aquel auto azul.
Así llegábamos, la referencias visuales seguían siendo las mismas, se terminaba el asfalto, el calor comenzaba a molestar, y se doblaba a la izquierda cuando llegábamos a aquel árbol quebrado en dos por un rayo, pasábamos por el pueblo, avisábamos que estábamos a los que tenían que saber, para que cuando quieran pasen, que ya iba a estar el mate circulando por la cocina. Unos kilómetros más y llegábamos, nos recibía Irma y Rodolfo, abríamos la tranquera que marcaba un límite irreal, ya que todo puede pasar por un cuadrado de madera y dos alambres. Nadie sabía la edad de Irma ni la de Rodolfo, hasta hoy. Que ya no vamos, Irma y Rodolfo están allí, ya no nos esperan, pero sí sé que siguen vivos.
Una vez instalados nos enterábamos que había pasado con los peones y los indios que vivían bosque adentro, un lugar impenetrable, ellos salen a buscarnos, pero nosotros nunca podemos encontrarlos en el interior del bosque. Mi familia siempre se llevó bien con ellos, éramos queridos y como decía Irma, hasta cuidados por ellos y nos dejaban sentirnos dueños de algo, como un juego al que todos sabíamos jugar.
Una vez instalados nos enterábamos que había pasado con los peones y los indios que vivían bosque adentro, un lugar impenetrable, ellos salen a buscarnos, pero nosotros nunca podemos encontrarlos en el interior del bosque. Mi familia siempre se llevó bien con ellos, éramos queridos y como decía Irma, hasta cuidados por ellos. Mis padres les expresaban un respeto extraño, siempre sentí que los dueños de aquellas tierras eran ellos y nos dejaban sentirnos dueños de algo, como un juego al que todos sabíamos jugar.
Irma, siempre erguida como una directora de escuela, parecía alta, si mal no recuerdo era más alta que mamá. Mestiza, tenía la piel trigueña, cabellos enrulados, mezclado con canas de color plateado, rasgos rectos, lineales, angulosos. Con miles de arrugas, que al tener la piel tan curtida por el sol, solamente parecían asomarse en su rostro como accidentes geográficos, manos enormes, pollera y delantal almidonados, sandalias de cuero, una camisa que siempre le dejaba mamá o la tía y un corazón que ahora que me doy cuenta, nunca supo decirlo, pero era enorme, fiel y una tumba, conocía secretos de todos y nunca decía nada de nadie, sufría por las crecidas del río, por las heladas, por las sequías y por las plagas como si todas esas hectáreas fueran suyas. Pero hay algo muy importante, Irma los veía, sabía que ellos venían, ella no entendía el almanaque, no contaba días porque no entendía los números. Sabía porque el tiempo le había hecho saber.
Entre los infinitos juegos de la casa uno era escondernos debajo de la mesa y escuchar, los grandes se hacían delante nuestro los que no sabían nada, que no les tenían miedo, que no existían quizás. Pero cuando estábamos ahí con mi hermana tapados por el mantel los escuchábamos preocupados, hablaban de estar listos, del color del cielo en las ya cálidas tardes y le decían a Irma y a Rodolfo que mantengan las puertas de los cuartos cerradas, las que daban a la galería.
Mamá traía les velas y la menoráh, la tía armaba un arbolito de navidad con mucho olor a humedad, alto y envuelto en un plástico verde que recortado por todos lados simulaba el follaje. Lo adornaba con miles de bolitas de plástico pintadas, algunas descascaradas, otras envueltas en hilo, había unas que eran de la abuela, de cristal, la mayoría ya estaban rotas en algún lugar, pero se las acomodaba para que no se viera el defecto. El árbol no seguía ningún orden o estilo, era algo así como la representación del caos, en los negocios se veían árboles de navidad frondosos y con moños y bolitas rojas, bueno este no, no tenía ni los moños ni las bolitas de un solo color. Siempre que lo armaba decía “habría que cambiarlo, cada siete años uno nuevo para la buena suerte”, bueno eso no era tan real, nunca lo cambiamos y no nos fue tan mal.
El cura estaba con nosotros para navidad, en realidad el cura era primo de mamá, de la rama judía, era como decía papá “converso”, así que si le tocaba una noche de januca también la festejaba. Papa no creía en nada, pero le preocupaba igual que al tío la llegada de un nuevo año. Papá una de esas noches prendió un habano y se sentó con el tío y con Irma en el jardín, escuchaba que Irma decía que no iba a pasar nada, que iban a llegar hasta el límite de la casa como todos los años.
Ya la humedad estaba en el ambiente, yo solía sentir caballos, como tropas de caballos que venían en dirección de la casa, mi hermana decía escuchar a las mujeres hablar en “idioma”, papa se paraba en el borde del desmonte y gritaba preguntando qué era lo querían esté año, todos los años lo hacía, a veces enojado otras veces no, ponía su oído hacia el montón de ramas, se cruzaba de brazos y asentía.
Mi mamá cuando se daba cuenta de que estábamos viéndolo, hacía algo para distraernos o simplemente nos agarraba del brazo y nos llevaba hacia la casa. Eso hizo aquella vez que nos sentó en la mesa de la cocina y nos dejó con Irma y le dijo que nos vigile para que no salgamos. Irma nos miró se sonrió y dijo: “hay que negociar niños” continuó haciendo la comida, yo le pregunte qué era lo que había que negociar “así decía tu abuelo, me voy a negociar, y se ponía entre el desmontado y el monte, hablaba con ellos, susurraba, ni yo ni tu abuela lo entendíamos.” Mi hermana le pregunto quiénes eran, ella nos dijo que no eran, nos dijo que: “Ya han sido y ahora están a donde ya no se era, en lo profundo del bosque, donde los caballos se paran en dos patas y relinchan, donde es más fácil cazar el chacho porque no va más adentro, es donde las víboras cambian el cuero” nos contó que muchas veces intentó llegar pero que se perdía, caminaba en círculos, y tenía la sensación de que le ponían espejos alrededor.
No nos habló de muertos exactamente, pero tampoco de vivos, nos dijo quera eran los que ya no eran, no fue muy fácil de entender con mi hermana, lo escribimos con una tiza en una pared para repetirlo y verlo escrito, es como cuando te dicen una palabra y uno la tiene que escribir para saber si es con “c” o con “s”.
En esa noche con mi hermana nos quedamos sentados en la galería mirando los rococos, sapos enormes que ella insistía en ponerles nombre y decir que los reconoce de un año al otro. Se nos acercaban los gatos y los perros se solían quedar en esa línea que marca el monte del desmonte, ladrando, como custodiando.
Desde atrás nuestro apareció Rodolfo, el hermano de Irma, se sentó con nosotros, nos miró y después cabeceó en sentido del monte. Nos dijo: “Hay que cuidarlos, y ellos nos cuidan”. “Pero ¿quiénes son?” le pregunte; parándome y poniendo mis manos en la cintura. “Cuando vinieron tus abuelos, que eran blancos como vos, tragaron esas velas, que se prenden día por día y tantas cosas más con ellos que ya no me acuerdo”, yo le expliqué que era la menorah, el asintió y continuó “Ellos vivían junto a los de aquí, se convidaban comidas, y se enseñaban a hablar, se entendían, durante muchos años estuvieron bien, los de aquí los cuidaban a tus abuelos y los tíos de tus tíos y ellos les enseñaron cosas. Pero la línea nunca se pasó, después vinieron los otros blancos, con la cruz pero sin las velas y pasaron la línea, los bautizaron. Fue como guerra, o una peste, muchos murieron, otros se fueron bosque adentro y los más viejos, los que ya se habían muerto vuelto a nacer, como ese el que está ahí, dijo señalando el monte, y siguió “Los que nunca se van a morir, entre esos, el abuelo de tu abuelo que se fue con ellos cuando vinieron con la cruz, es con el que mejor se habla tu papá, ellos están ahí, esperando. No esperan comidas, no esperan nada, solamente buscan aceite para mantener prendida la luz del monte, la luz que se ve cuando uno anda cerca de ese lugar donde uno no se puede acerca más”.
La noche siguiente, mamá saco de la despensa un bidón, que yo vi por primera vez aquel día. Mi papá le pregunto si era todo lo que el rabino llevó, ella le contesto que sí. Después mis primas y mis hermanas comenzaron a poner el aceite en diferentes cuencos de arcilla que solían estar amontonados al costado de una canilla en el patio. Mi papá ordeno a Rodolfo y a Irma que aten a los perros. Yo miraba escondido debajo de un sillón, ya que me habían mandado a encerrar en el dormitorio. Después todos salieron a dejar los cuencos en el límite entre el desmonte y el monte.
Más tarde llego la familia que vivía en el pueblo, era la primera noche de Januca, había comida y cosas para festejar. Mi padre se aseguró de manera disimulada que este todo cerrado y que no se vea hacia afuera desde ningún lugar. Ese día, a los más chicos nos esconden monedas y las buscamos. Yo había quedado con mi hermana en que ella tiraba el árbol de navidad mientras buscaba las monedas así salía para poder ver que es lo que pasaba y después le contaba.
Salí por la cocina, la noche era terriblemente oscura, la humedad pesaba más que nunca, sé que Irma me vio pero no hizo nada, de repente una briza fresca vino desde el monte con un tenue sonido como un canto, y un destello de luz de luna lo acompaño en forma de aurora boreal hasta donde yo estaba parado, en ese mismo momento, cuando aquel viento frio golpeó el jazmín del cabo este floreció completamente sobre mí, me invadió su olor, su color, la voluptuosidad de su floración cayó sobre mí, colgaban los ramos de jazmines a mi alrededor, aquella nota sostenida y aquel sonido musical fue seguido de otros muchos y auroras boreales de luz lunar comenzaron a salir del monte, detrás de mí quedó la galería, ya que me dirigí hacia el límite donde estaban los cuencos con aceite. La galería cobraba vida, florecían las Santa Ritas, los cítricos, se sentía como los tomates maduraban rastreros por el suelo, los bananos se doblaban por el peso de sus frutos, las acequias se cargaban de agua como si hubiese llovido, el olor de la lavanda y la menta mojada por un extraño rocío que se precipitó por que el calor de golpe disminuyo ante aquellas múltiples ráfagas de aire fresco, los mangos cayeron al suelo maduros, maduró también el ciruelo.
De repente y sin darme cuenta estaba al borde del monte y sentí alguien detrás mío, era Irma sosteniéndome por los hombros, cuando la mire tenía los ojos cerrados y la frente altanera, ante todas aquellas luces y ráfagas frías yo la imite y cuando cerré mis ojos pude verlo, todo blanco como espectral, descalzo y con traje y una valija de cartón en las manos, lo vi, sus ojos eran claros porque en esa mezcla extraña de blancos, negros, grises y sepias parecían dos gotas de cristal, una camisa desaliñada, una kipá negra sobre su cabeza, una barba larga como de mil años, sus peot en las sienes eran de color marfil y tenía la cara de papá, se me acercó, me miró fijo, tomó con su mano de aire y luz de luna mi mentón y sin mover su boca pude escucharlo, me decía: “Devuelve todo a este mundo, vuelve todo a la tierra. Todo en la vida es prestado”.
El tiempo paso y esas palabras me continúan resonando, no volví a acercarme a ese lugar con el paso de los años, las tierras se vendieron, y cada vez creo menos en que aquello haya sido verdad, no volví a ver a Irma ni a Rodolfo. Me descubrí ateo y no creo en los milagros. Pero si creo que nada es lo suficientemente de uno y también creo que todo en absoluto se devuelve y también comprendí que todo o casi todo es prestado.