lunes, 18 de agosto de 2014





En el eje Z al tiempo del vals.




En aquella noche, los reyes, los jefes de estado, los primeros ministros, los presidentes, los directores de directorios, los mandatarios más mandantes, todas las autoridades dismórficas del espacio habían decidido dejar de ser ellos. El misterio, ver como el universo se movía sin que ellos estén moviendo palanquitas, cuerdas de marionetas, piezas de ajedrez, botoncitos ridículos en la gama del rojo. Es decir se sentaron a observar como los mundo, las constelaciones, los astros, los soles, las enanas blancas, los planetas, los agujeros negros, las programadas supernovas, el acumulo de materia que daba origen a las estrellas, como todo esto funcionaban sin su imprescindible poder. Se cruzaron de brazos a mirar que imprescindibles que eran ellos en el orden de las cosas.

En aquella noche. Que para algunos era noche, para otros era día y para algunos otros era más nada que la nada misma que los construye. Quizás sea mejor decir en aquel momento, Tomás decidió practicar las escalas en su violín marcando el compás con su píe, comenzó a hacer vibrar cada nota en su instrumento.
La resonancia, que es aquella propiedad que tiene la materia de vibrar en la misma longitud de onda con la que vibra otras cosas, comenzó a imponer lentamente un movimiento homogéneo y coral, la gravedad en ese momento no existía, tampoco las fuerzas que hacen que las cosas sean cosas sobre el piso ni ninguno de los principios de la física podían dominar aquel momento, pues aquellos que los imponían habían decidido sentarse y cruzar las brazos y dejar al universo librado a su funcionar.

Tomás comenzó a tomar conciencia, que sus notas hacían que las cosas del cuarto en el que se encontraba comenzaran a subir y a bajar en consonancia a las notas que el dejaba salir de su instrumento,  en un momento se vio a el mismo despegarse del piso y casi golpear el techo cuando un “La mayor” salía del violín, no pudo disimular su sonrisa, ese efecto que tienen los sueños vívidos en las personas, esa sensación de magia de mago con barita y así fue disfrutando de la construcción de la escala.

Los vecinos de Tomás comenzaron a ser objetos de resonancias igual que  muebles y cosas, esas cosas que nos hacen ser terrenales, los vasos, los cepillos de dientes, las dentaduras de los abuelos,  las sillas con sus mesas, los manteles con sus plásticos, las mesadas se deprendían de sus cajones, la mercadería caía de las alacenas y también resonaban desde el piso, el arroz, los fideos, las harinas, el jabón en polvo, los gatos que iban por los tejados y los perros que los perseguían ladrando, los gatos que dormían en los sillones, los pilotos con los ciclistas, los sobretodos con los oficinistas y sus portafolios, todo subía y baja en el DO RE MI FA …   

En aquellas escalas combinadas subían y subían de repente bajaban, bajaban y  bajaban puff!! casi que podían fusionarse con el suelo, las personas que caminaban por las veredas, terminaban fusionándose con el impuesto cemento y luego pasaban debajo de las veredas a estar paradas en las estaciones de subte, los líquidos se volvían burbujas deformes, que se armaban y desarmaban al compás de un violinista, el agua de los floreros, de los baños, las gotas por los cueritos no cambiados en los departamentos, los líquidos en los bares y confiterías, salían de las tazas, de los vasos de licuados son sorbetes deformados. En las pizzerías las masas se levantaban junto con los maestros cocineros, las salsas con sus ravioles y sus sartenes,  la humedad se despegaba de las paredes, las paredes de los cimientos, los cimentos del suelo.

Los árboles se estiraban, como si se desperezaban, el sauce parecía un organismo electrificado con todas sus ramas hacia el cielo y de repente muy hacia el piso casi aplastado como formando parte del mismo pasto de los parques.

Las pinturerías parecían muestras de juegos artificiales grátis, los trenes salían de sus rieles y oscilaban en el aire, los auto flotaban por las avenidas, los pájaros volaban más altos, una bandada de aves terminó fusionándose entre ella para formar una cosa flotante redonda u ovalada llena de picos, plumas y de patitas de pájaros, los mares se levantaban de sus profundidades, se podía ver como del agua salían por momento delfines y ballenas para volver a entrar en ella, las maestras levitaban con una tiza en sus manos y los alumnos flotaban sentados en sus pupitres.

Los instrumentos de cuerdas comenzaron a vibrar en las notas que Tomás dejaba salir de su violín, primero se contagió el piano del vecino, después las guitarras de los alrededores, otros violines, violas, chelos, las gargantas de los cantantes liricos vocalizaban con las notas que imponía Tomás, el muchacho subía hacia el techo por un momento doblaba un poco el cuello para seguir tocando  se dio cuenta que debía bajar de tono lentamente sino se desplomaba en el suelo y un poco su pantalón se volvía una sola cosa con la alfombra y no veía sus pies.

En las calles se podían ver como flotaban las pelucas, peluquines, gorros, el pelo de la gente se elevaba al igual que ellos un poco del suelo, algunos se agarraban de rejas que luego también tendían a moverse al compás de las escalas, las mujeres sostenían sus polleras,  las monedas de los mendigos flotaban de sus tarritos de pure de tomate sin etiqueta, también ellos se despegaban del suelo y luego volvían a bajar.

El planeta de tomas comenzó a oscilar en su órbita a acercarse y alejarse de sus dos lunas como en movimientos pendulares, los soles emanaban llamaradas de fuego hacia los planetas más cercanos, los polos por momentos se despegaban de los extremos. Otros músicos al advertir que seguían una escala intentaron hacer los mismo con sus instrumento, pero era imposible, estos seguían los acordes impuestos por Tomas.

La geografía entera se modificaba los lagos se elevaban, después casi desaparecían por momentos de sus lechos al fundirse con el suelo dejando a sus peces por momentos sin agua para poder también oscilar. Las montañas se desprendían de sus glaciares y sus nevados, los edificios se levantaban cinco a diez metros del suelo, los pochoclos giraban alrededor de los pochcleros, las galaxias se acercaban entre ellas y luego se tendían a alejar.

Luz, sombra, oscuridad, colores extraños podía Tomás ver desde su ventana, señoras en silla de rueda que gritaban al llegar a la altura de su segundo piso, luego se reían como cuando uno tiene vértigo en una hamaca. En ese momento casi se dio cuenta que era el quien orquestaba el universo, decidió que las escalas eran peligrosas y muy lentamente impuso un ritmo de vals, girar y rodar, girar y rodar, lenta y suavemente en notas relativamente bajas y juntas, girar y rodar, así todo se comenzó a mover más armónico, la gente sentía por momentos un vacío en el pecho, pues su corazón ya no marcaba el ritmo de sus latidos, evitaba aquellas partes donde el ritmo se aceleraba, los otros músicos se pudieron sumar ya que seguían ritmos conocidos como los creados por Frédéric Chopin, evitando el Vals del minuto con el cual quizás podía desatar el fin del universo haciendo chocar estrellas, soles, galaxias y planetas.

Fue así como por un tiempo, Tomás junto a otros músicos dominaron con el compás y el ritmo el universo entero, músicos de otras galaxias, de otros sistemas solares, músicos que nunca se iban a conocer porque los años luz no lo permitirían, se ponían en resonancia, en sintonía con el vals.

Es muy fácil comprender que los que se habían cruzado de brazos iban a volver a tomar el poder, el rey se puso su capa y tomo su bastón, los primeros ministros se sentaron en sus sillones, los emperadores volvieron a tomar su lugar, y la física volvió a dictar sus principios.

Pero algo cambio desde aquel día, algo raro se ve en las calles y creo que sin darnos cuenta todos comenzamos a movernos en ritmo de vals. Todos somos un poco más músicos y este compás no es más la forma de moverse en los momentos forzados de las fiestas, tampoco es el moverse propio de los rengos o los borrachos, es como todos los seres vivos elegimos que nuestros carbonos vayan a resonar en tiempo de vals.                                           

miércoles, 6 de agosto de 2014


El tiempo nos engaña:
agranda los espacios,
y así, la galería era ancha,
sobraba aquel descanso.
Los latidos surgían:
de las llegadas de tantos , los primos,
el alba y el aroma del agua;
sobre la naranja, y el mango.
Las novelas en baúles,
creábamos los veranos;
nos convencían sus cantos.
El viento agitaba las nubes y
el agua. Las granadas caían
para explotar con su pulpa
naranja en el verde pasto.
Del mate cocido en las ollas,
la merienda en jarros,
las miradas, los silencios,
los pecados: alfajores.
El calor de los Eneros
aprendimos a no escucharlo
a que nos parezcan susurros,
no gritos angustiados.
El silencio de aquel piano,
las tías, el mate, la frola,
el verde de los bananos,
las acequias se cuidan solas,
los flamencos en las ciénagas,
sapos en los zapatos,
los mosquitos en la siesta
y en la noche: ¡no al espanto!.
El pueblo siempre tan lejos,
la iglesia; una salida,
las historias misteriosas,
siempre un poco de mentiras.
Sin saberlo, y sin entenderlo demasiado,
los viernes por la noche, una vela en mi costado.
El triunfo, los trabajos, las becas,
los diccionarios, los libros con fluorescentes,
(ya no en baúles olvidados)
las carrera, los trabajos
los aviones, las esperas, las tesis,
los que no están,
los que se quedaron y esperan.
¿Volverán los Eneros a sonarnos susurrados?
¿Volverán? Los espero,
Y el mate cocido en jarrones