miércoles, 6 de agosto de 2014

El tiempo nos engaña:
agranda los espacios,
y así, la galería era ancha,
sobraba aquel descanso.
Los latidos surgían:
de las llegadas de tantos , los primos,
el alba y el aroma del agua;
sobre la naranja, y el mango.
Las novelas en baúles,
creábamos los veranos;
nos convencían sus cantos.
El viento agitaba las nubes y
el agua. Las granadas caían
para explotar con su pulpa
naranja en el verde pasto.
Del mate cocido en las ollas,
la merienda en jarros,
las miradas, los silencios,
los pecados: alfajores.
El calor de los Eneros
aprendimos a no escucharlo
a que nos parezcan susurros,
no gritos angustiados.
El silencio de aquel piano,
las tías, el mate, la frola,
el verde de los bananos,
las acequias se cuidan solas,
los flamencos en las ciénagas,
sapos en los zapatos,
los mosquitos en la siesta
y en la noche: ¡no al espanto!.
El pueblo siempre tan lejos,
la iglesia; una salida,
las historias misteriosas,
siempre un poco de mentiras.
Sin saberlo, y sin entenderlo demasiado,
los viernes por la noche, una vela en mi costado.
El triunfo, los trabajos, las becas,
los diccionarios, los libros con fluorescentes,
(ya no en baúles olvidados)
las carrera, los trabajos
los aviones, las esperas, las tesis,
los que no están,
los que se quedaron y esperan.
¿Volverán los Eneros a sonarnos susurrados?
¿Volverán? Los espero,
Y el mate cocido en jarrones

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